MIEDOSO EL PEREZOSO

1. EL ÁRBOL SEGURO

En el bosque vivía un perezoso, tan miedoso como curioso. Siempre alerta, expectante, paranoico con la idea de que el resto de los animales se lo querían comer. Solía trepar árboles, no porque fuera muy atlético, sino para resguardarse de los depredadores y dormir plácidamente. Cuando acomodaba su pomposo cuerpo en las ramas de algún árbol, listo para ser recibido por los brazos de Morfeo, el miedo lo regresaba a la vigilia.

Esta noche tampoco pudo cerrar los ojos. Una sombra se dibujaba en cada uno de ellos, sombras que revelan el rostro de la somnolencia. Su cuerpo cansado y sin voluntad, impulsado solo por el miedo de quedarse a merced de los depredadores, esperaba la luz del día para ir tras otro árbol que le brindara seguridad.

Los rayos del alba fueron en aumento, persiguiendo las sombras que inútilmente huyen de ellos, hasta tocar las del rostro del perezoso, que por estar en sus ojos, tuvo que entrecerrarlos. La refracción duró unos segundos, hasta que sus pupilas se adaptaron a la luz, encendiendo, a su vez, el ánimo del perezoso. Decidió retomar su búsqueda del árbol más alto y treparlo hasta la rama más alta, donde ningún depredador pudiera alcanzarlo.

En la mitad del bosque encontró un árbol altísimo, donde no llegaba ni Dios. Sus ojos no lograban divisar la última rama. Parecía una empresa eterna –considerando la velocidad de su perezoso cuerpo–, pero su miedo de estar abajo era más grande que su pereza; así que, garra en tronco, emprendió la escalada.

Mientras subía, imaginaba su cuerpo descansando sobre una rama. Media sonrisa revelaba un sueño placentero del cual no se acordaría al despertar, pero estaba seguro de que no incluía ningún jaguar. Garra delantera, jala, garra trasera, empuja. Ya casi llega a la mitad. El sol vuelve a hacer su espectáculo de clausura.

Con la bóveda estrellada, llegó el perezoso a la última rama.

Muerto de cansancio, por la escalada y el sueño acumulado, se recostó en el tronco y se dispuso a dormir. Al cabo de unos sólidos diez segundos, sintió que alguien lo observaba. Entreabrió un ojo, como quien no quiere la cosa, para cerciorarse de que no había peligro. Dos anillos amarillos penetraban su ser desde el otro lado de la rama. Un redoble de tambores dentro del pecho del perezoso presagiaba un desafinado grito.

El búho advirtió el miedo de su nuevo compañero, y sin ganas de escuchar una perezosa aria –si es que por suerte lograba sostener alguna nota–, este ululó primero:

— Tranquilo, no es necesario emular a Munch –con la seguridad de que sus interlocutores entendían sus referencias–. Mi nutrialogo eliminó los perezosos de mi dieta –rio para sus adentros, orgulloso de su ingeniosa ocurrencia–. Desde esta mañana te estoy viendo trepar el árbol y me preguntaba cuánto tiempo te llevaría llegar hasta aquí. Para ser un perezoso has llegado muy rápido, por eso te veía con tanta sorpresa –el búho no quiso confesar su admiración–. ¿Por qué has subido hasta acá si hay otros árboles más bajos donde puedes descansar?

El perezoso, tratando de recuperar su respiración, respondió algo enfadado:

— Pues, me has dado un gran susto con esos ojos de platos flotando en la oscuridad. –El búho no reparó en su comentario. Ya más calmado, el perezoso continuó– Traté de dormir en otros árboles pero fue imposible, todo el tiempo pensaba que los depredadores podían trepar hasta ahí y comerme. Decidí buscar al árbol “seguro” –así bautizó el perezoso a este árbol– y treparlo hasta su rama más alta, para que ningún depredador pudiera alcanzarme y tomar mi siesta tranquilamente… Parecía una buena idea hasta que tus ojos escudriñaron mi perezoso cuerpo.

El búho, con una ligera sonrisa en su rostro, comentó: 

— Querido amigo, ni siquiera el árbol mágico de Jack –siempre asumiendo que los demás entendían sus referencias– podría regalarte la seguridad que tanto deseas. Los peligros que te mantienen en vigilia, con los ojos cansados y el cuerpo pesado, están solo en tu mente. 

El perezoso no daba crédito a las palabras del búho, el peligro era real, había cientos de jaguares al acecho, era imposible que no tuviera miedo. El búho, como si hubiera leído la mente perezosa de su compañero, continuó:

— Acá arriba solo te proteges de los jaguares, pero es bien sabido que el águila ronda por estos lugares, y a esta altura, ummm, bueno –hizo un pausa buscando las palabras menos intimidantes– digamos que lo único seguro sería la cena de sus crías –no lo logró–.

El perezoso no había considerado este depredador aéreo. El pánico se triplicó, las náuseas empezaron a danzar, ahora veía 3 pares de platos. Sus pasos vacilantes le arrebataron el equilibrio pero un amable arbusto amortiguó la caída.

El alado planeó hasta el pie del árbol donde yacía el inanimado cuerpo del perezoso. Le practicó primeros auxilios para reanimarlo hasta que, con un movimiento casi imperceptible, los párpados del perezoso comenzaron a separarse. El búho lo ayudó a incorporarse. Ya sin fuerzas, el perezoso exclamó:

— ¡No sé qué hacer! No estoy a salvo aquí abajo, no estoy a salvo allá arriba. ¿De qué sirve que siga buscando un lugar seguro?

El búho, haciendo gala nuevamente de sus conocimientos, comentó:

— Querido amigo, es bien sabido que más allá del río hay una tierra poco explorada, apenas unos cuantos animales han decidido ir, y lo más importante –agregó una mentira piadosa para aliviar a su amigo– no hay depredadores –esta vez sí lo logró–. 

El perezoso sintió como una corriente le recorrió todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, dándole el impulso para levantar su perezoso cuerpo que minutos antes no quería despegarse del suelo. Emocionado por la noticia, agregó:

— ¡Qué maravilloso lugar!, sin depredadores, sin miedos, sin angustias; al fin podré dormir como un buen perezoso. ¿Dónde está ese lugar, amigo búho? ¿Hacia dónde tengo que ir?

— Debes adentrarte en las profundidades de este bosque –con su ala señaló en una dirección– encontrarás un río muy acaudalado –no estaba muy lejos, desde ahí el perezoso podía verlo–, la corriente es fuerte pero siempre hay formas de cruzarlo, solo tienes que prestar atención. Y recuerda: el miedo solo está en tu mente. 

El perezoso repitió mentalmente <<El miedo solo está en tu mente>> y con un movimiento casi estático agachó la cabeza en señal de agradecimiento. Finalmente interrumpió sus pensamientos y expresó:

— Amigo búho, has sido de gran ayuda, agradezco que tus ojos saltones hayan despertado los míos.

Se despidieron con un abrazo. El perezoso caminó en dirección al río. El búho alzó su vuelo hacia el lugar donde había recibido a su reciente –y ahora ausente– compañero de rama. Desde ahí veía con admiración a aquel valiente perezoso que se alejaba, lentamente pero con paso firme, del árbol “seguro”.

 <<Valiente, aún no sabe que lo es>> se dijo para sus adentros.

2. EL BOSQUE

El perezoso se adentra en lo profundo del bosque. A pesar de que estaba bastante cerca, todavía sentía miedo de atravesar ese camino hasta el río. Debía enfrentarse a su mayor temor: los depredadores.

Tres flores que lo veían a lo lejos, no paraban de cuchichear:

— Pero ¡qué lento anda!, aunque tuviera patas, no pudiera caminar junto a él.

— ¿A dónde irá ese perezoso?, debería quedarse tranquilo en uno de estos árboles.

— Quizá esté huyendo, pero a ese paso no llegará muy lejos.

El perezoso no escuchaba a las flores, estas se encontraban al otro extremo del sendero. Pero no fue por ello que no las escuchó, estaba tan concentrado en sus pensamientos temerosos que ni siquiera oía los gritos del grillo que saltaba a su lado sin cesar. Finalmente, el grillo dio un salto y se posó sobre la nariz del perezoso, quien espabiló y soltó un grito de asombro:

— ¡Por los brazos de Morfeo, qué susto me has dado!, ¿qué haces sobre mi nariz?

El grillo dejó de saltar y, casi gritando, le imploró:

— ¡Detente, detente!, este bosque es muy peligroso, te puedes perder, te pueden pisar, te pueden comer los lagartos o las tortugas, ¿y qué me dices de los sapos o los murciélagos? –agregó con un tono más aterrador–. ¿Y los escorpiones? son lo peor. 

El perezoso nunca había tenido problemas con estas criaturas, de hecho era amigo de varias de ellas. Se quedó pensando un rato, tratando de entender al pobre grillo, parecía estar más asustado que él. Un poco dudoso, se aventuró a cuestionar:

— ¿Alguna vez has profundizado en el bosque? –y señalando con la pata agregó– ¿has llegado a ese río?

El grillo, temblando de miedo, agitó las alas tan fuerte que su característico “cri cri” se expandió por todo el bosque. El Perezoso pensó <<y yo que creía que ese sonido venía de su boca, siempre se aprende algo nuevo>>. El grillo interrumpió los pensamientos del perezoso y exclamó:

— ¡Estás loco! ¿No has escuchado lo que te acabo de decir? El bosque es muy peligroso, ¿por qué querría yo adentrarme más en él?

El perezoso, que solía buscarle el último colmillo al lagarto, volvió a cuestionar:

— ¿Cómo sabes que es peligroso si nunca has llegado hasta ahí?

El grillo se quedó callado unos minutos, nunca se había cuestionado esa idea. Desde chico le habían dicho que el bosque era peligroso. Siempre se mantuvo resguardado en los árboles cercanos. Un pensamiento invadió su mente: <<¿es posible que lo que he creído desde pequeño sea falso?>> Pero inmediatamente otro pensamiento solapó al anterior <<Los viejos grillos no me mentirían, ellos siempre me han protegido>> Y con este último, el grillo arguyó:

— Amigo perezoso, bien perezoso para creer lo que te digo pero no para cuestionarlo. Yo sé que ese bosque es peligroso porque los viejos grillos me lo han dicho desde pequeño, y los viejos no mienten, su función es proteger a los nuevos grillos. Ahora yo, como viejo grillo paso la información, con la única intención de proteger a los nuevos –y volviéndose hacia el perezoso, agregó– y a los pocos animales –porque pocos son– que se atreven a pasar por acá. Algunos me escuchan y se resguardan, otros son TAN PEREZOSOS –enfatizó estas últimas palabras con indignación– que no me entienden –agitó las alas–.

*Cri, cri; cri, cri*. El silencio se prolongó un largo rato hasta que el perezoso, de forma muy amable, lo tranquilizó:

— Amigo grillo, gracias por tus consejos, los escuché atentamente. Entiendo que tengas miedo, y quieras protegerme; yo también lo tengo, por eso quiero cruzar el río, o al menos, esa era mi motivación hasta ahora. –El perezoso recordó– Esta mañana, un búho muy sabio me dijo algo que no entendía hasta mi encuentro contigo –el grillo estaba en silencio, escuchaba atentamente al perezoso. Este se acercó al grillo y, en un tono de complicidad, agregó– “el miedo solo está en tu mente”.  

El grillo se quedó inmóvil, pensó unos instantes, y por primera vez en su vida, cuestionó: 

— Si ahora el miedo no te motiva a cruzar el río, ¿por qué seguirás andando?

El perezoso, algo cansado, contestó:

— Antes no hubiera llegado hasta acá por miedo a los jaguares, pero lo único que he encontrado es a un grillo cuyo miedo lo mantiene encerrado en cuatro árboles. Tu miedo me ha hecho ver el mío. Ahora que lo veo, he conocido un poco más de él, al menos de donde proviene. 

El sol ya se estaba poniendo y el perezoso estaba muy cansado para continuar, observó su miedo, seguía ahí. Subió a uno de los árboles y se acostó a dormir. Esta vez sí logró conciliar el sueño.

El grillo, voló y se paró junto al perezoso que roncaba plácidamente, lo observó y por segunda vez cuestionó:

— ¿Estoy encerrado en estos cuatro árboles?

Los pensamientos giraban alrededor de esta pregunta, iban y venían hasta que el grillo se quedó dormido junto al perezoso.

Los cuerpos celestes comenzaron a aparecer. La luna alumbraba intensamente la guarida de un jaguar escuchaba atentamente y no había querido interrumpir la conversación anterior. <<Mañana será otro día>> pensó antes de quedarse dormido. 

3. ENCUENTRO CON EL JAGUAR

Antes del amanecer, un pensamiento invadió el cuerpo del perezoso <<sigues de este lado del río>> y el miedo se apoderó de él, despertándolo de un sobresalto. Al despertar, ajustó los oculares y escaneó el panorama, parecía tranquilo.

Se dispuso a bajar del árbol y continuar su camino. El grillo seguía durmiendo, no quiso perturbar su sueño. Una vez abajo, emprendió su viaje.

Caminaba con cautela, evitando hacer ruidos que despertaran a algún jaguar. Sus pasos de puntillas esquivaban las ramas y las hojas secas que yacían en el suelo. Aguantaba la respiración para evitar que sus nerviosas expiraciones lo delataran. Ya sin aire para continuar y un poco mareado por la retención de oxígeno, decidió hacer una breve pausa. Para no quedarse a merced de algún depredador, divisó una pequeña cueva y se refugió en ella. 

El interior de la cueva estaba sumamente oscuro, así que el perezoso se sentó en la entrada, donde pequeños rayos del alba alumbraban el escenario que era vigilado por nuestro miedoso amigo.

Los rayos penetraban cada vez más en la cueva, hasta que una pequeñas manchas amarillas y blancas se fueron revelando detrás del perezoso, quien seguía de espaldas.

Dos ojos amarillos se abrieron detrás del perezoso y con asombro vieron como había mejorado el servicio a la habitación de aquella cueva. Jaguar se acercó sigilosamente, para no ahuyentar al desayuno. Una vez cerca de su presa, reconoció al perezoso del otro día. Tratando de no asustarlo, rugió: – Holagrrrrr.

El rostro del perezoso se tornó blanco, ya no se podían distinguir sus ojeras. Vacilaba entre voltear, correr o permanecer inmóvil; optó por esta última con la esperanza de que lo que sea que había rugido no reparara de su presencia. Los rayos que antes alumbraban la cara del perezoso se fueron escondiendo detrás de un enorme cuadrúpedo, hasta tapar por completo la entrada de luz. En la sombra no se distinguían las manchas, pero los ojos amarillos delataron al cuerpo eclipsante. El Jaguar volvió a rugir:

— Hola, perezoso, ¿no piensas hablarle a tu depredador?

Perezoso ya no hallaba motivos para seguir inerte, no había manera de ocultarse ni huir, estaba ante lo que siempre había temido, y no encontraba escapatoria, así que se armó de valor y trató de responder:

— Ho… ho…la. Hola.

— Normalmente no hablo con mi presa –dijo el jaguar– pero ayer te oí conversar  con el grillo y me di cuenta de que necesitabas enfrentarme antes de continuar tu camino.

El perezoso no daba credito a sus oidos. El jaguar no solo no quería comerlo sino que quería conversar con él. El jaguar prosiguió:

— Dijiste que has conocido un poco más tu miedo, ¿qué es lo que has conocido de él?

— Solo de donde proviene.

— ¿Y se puede saber de dónde?

— De mi mente.

— ¿Quieres decir que ya no me tienes miedo?

— En absoluto. Te tengo miedo pero no por lo que eres, sino por lo que yo creo que eres.

— ¿Y qué crees que soy?

— Un desalmado depredador.

— ¿Y no lo soy?

— Pues, aquí sigo hablando contigo.

— Interesante, hasta parece que no tienes miedo. 

El perezoso buscó dentro de sí, parecía que su miedo ya no estaba, pero no entendía por qué, su mayor depredador estaba al frente de él y nadie podría salvarlo de una inminente muerte.

— Hoy he visto mi miedo y lo he contrastado con este momento. En ninguno de los escenarios que me mantenían en vela, sin posibilidad de conciliar el sueño, se había dado lugar esta conversación. Esto solo me ha confirmado que, aunque un suceso fulminante acontezca en esta cueva, el miedo solo está en mi mente. 

— ¿Entonces dejé de ser un peligro?

—- Al contrario, sigues siendo un peligroso depredador, pero no el que yo creía. 

Respuestas

  1. “No debo temer. El miedo es el asesino de la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Me enfrentaré a mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y por mí. Y cuando haya pasado, volveré el ojo interior para ver su camino. Donde el miedo se ha ido no habrá nada. Solo yo quedaré” Dune

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