Es lo que es

Érase una vez un granjero anciano cuya mayor posesión en la vida era un caballo con el que labraba la tierra. Un día, olvidó cerrar las puertas del establo y el caballo escapó hacia la montaña. Los vecinos del granjero acudieron a consolarlo:

—¡Qué mala suerte tienes! Has perdido tu caballo en pleno tiempo de cosecha—le dijeron—. Quedarás en la ruina.

El granjero respondió:

—¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!

Una semana después, el caballo regresó de la montaña con una manada de caballos salvajes. Los vecinos felicitaron al granjero por su buena suerte. Pero su respuesta fue la misma:

—¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!

A los pocos días, cuando el hijo del granjero intentó domesticar a uno de los caballos salvajes, cayó de él y se rompió una pierna. Los vecinos del granjero acudieron a consolarlo:

—¡Qué mala suerte tienes! —le dijeron. Ahora sí que quedarás en la ruina sin tener quien te ayude a cosechar.

La respuesta del granjero no cambió:

—¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!

Algunas semanas después, el ejército del emperador llegó a la aldea y reclutó a todos los jóvenes para la guerra. Sólo dejaron atrás al hijo del granjero; por tener la pierna rota no era apto para el servicio.

Pronto llegaron los vecinos y entre lágrimas, dijeron:

— Tu hijo es el único que no ha sido enviado a la guerra. Qué buena suerte tienes.

Y tú, ¿qué crees que respondió el granjero?

—¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!

Vamos por la vida juzgando y moralizando todas las situaciones que se nos presentan. Está bien, está mal, qué perfecto, qué desastre, qué dicha, qué lamentable, qué interesante, qué aburrido.

Estamos inmersos en una dualidad conceptual, de acuerdo a nuestro sistema de valores, que genera picos altos y bajos de emociones. Si nos enchufaran un osciloscopio durante un día, observaríamos cómo la onda sube y baja conforme una situación agradable o desagradable se presenta.

Resultado: frustración. 

No quiero quitarle toda la emoción a la vida. Al contrario, mi intención es aprovechar todos los momentos de mi vida, independientemente de que me causen alegría o dolor. 

Culturalmente, reconocemos como felicidad a los momentos de alegría. Nuestro osciloscopio marca el pico más alto, y nos sentimos invencibles, decimos frases como: ¡qué felicidad!, ¡esto sí es vida!, ¡es lo mejor que me ha pasado!, ¡quisiera que este momento dure para siempre!… O conocemos personas que aceleran nuestra producción de dopamina y les decimos: ¡eres el amor de mi vida!, ¡eres mi felicidad!, ¡sin ti no soy nada!, ¡eres mi mundo!, ¡no puedo vivir sin ti!

Luego, nos encontramos en situaciones más desafiantes o dolorosas, y vienen los: ¡qué sufrimiento!, ¡esto no es vida!, ¡es lo peor que me ha pasado!, ¡quiero que esto termine!… O nos encontramos con personas enajenadas y nos perturbamos con ellas, las rechazamos y decimos: ¡eres el causante de mi sufrimiento!, ¡por tu culpa!, ¡qué imbécil!, ¡eres la persona más desagradable del mundo!, ¡no puedo estar con personas así!, ¡ojalá no hubieras nacido!

Todo esto es muy emocionante para La Rosa de Guadalupe: sentimientos a flor de piel, subidas y bajadas en la montaña rusa emocional. Pero qué cantidad de energía consumimos, mejor dicho, perdemos. Después de este desgaste de energía, ya no queda mucha para vivir de verdad.

Desconectados totalmente de nuestro ser e identificados con la mente y su juego de distorsión de la realidad, vamos reaccionando a cada estímulo externo, a cada persona que se nos cruza en el camino, y le asignamos una categoría emocional.

Esta desconexión y reactividad emocional, nos hace perdernos de los verdaderos placeres de la vida, que no tienen nada que ver con lo que está allá afuera, tiene todo que ver con lo que está adentro. Pero en lugar de ver hacia adentro, buscamos la felicidad en hechos externos, nos proyectamos una imagen mental de felicidad, y enfocamos nuestros esfuerzos para que se materialice ese hecho. Cuando la realidad no se adapta a la idea, sufrimos.

No vemos la realidad como es sino como queremos que sea.

Voy conduciendo por la avenida y de repente tengo que frenar de golpe para evitar chocar con el carro de adelante que se detuvo abruptamente. 

REALIDAD PARA MI: el carro de adelante se detuvo abruptamente. 

REALIDAD PARA EL OTRO CONDUCTOR: un cachorro estaba en medio de la pista y tuvo que frenar para evitar atropellarlo.

INTERPRETACIÓN QUE HICE DE LA REALIDAD: “el conductor está despistado, me hizo frenar de golpe, es un desconsiderado”

Consecuencia: perturbación.

La realidad es lo que es aquí y ahora. Para mi que estoy escribiendo, mi realidad es esta laptop, esta habitación, las gatas que me acompañan. Lo que está sucediendo en la sala, en el edificio, en la calle, en el país, en el mundo… no forma parte de mi realidad.

La perturbación surge cuando interpreto una realidad que no es mía y la valoro como si lo fuera; o cuando incluso siendo mi realidad, la interpreto como quiero que sea. No solamente la valoro, sino que supongo motivaciones y comportamientos y los juzgo según los míos.

Me creo la película que apareció en mi mente, a través de interpretaciones distorsionadas de la realidad que percibo. 

¿Cómo dejo de perturbarme y sufrir por cosas que no están en mi realidad?

ACEPTANDO.

Aceptar no significa resignarse o estar de acuerdo; tampoco significa ser indiferente. 

Aceptar quiere decir ver la realidad tal cual es, comprendiendo por qué y para qué pasan las cosas, respetando las leyes que rigen el universo. Es dejar de creerse la película mental que proyecta el ego para satisfacer sus necesidades. Es dejar de resistirse y de luchar con lo que existe y de reaccionar a cualquier estímulo externo valorándolo subjetivamente. 

¿Y qué logro con la aceptación?

  1. Evitar el sufrimiento: al no creerme la película mental, le resto fuerzas a los deseos insaciables del ego, y aunque la situación pueda doler, internamente estoy en calma, con plena consciencia de la situación y de que eso también pasará.
  2. Tomar acción: al dejar de sufrir conecto con la serenidad. La mente ya no domina, yo domino a la mente, esto me permite tener un rango de acción con mayor asertividad, no limitado por emociones. Permite verificar objetivamente las posibilidades y actuar en consecuencia.
  3. Estar en paz conmigo y mi entorno. Crear relaciones conscientes y responsables. Elimino el victimismo y la reactividad.
  4. Cuando una situación es ventajosa para el ego (reconocimientos, metas alcanzadas, logros, etc), la recibo con la misma serenidad y desapego, sin aferrarme a ella, reconociendo su impermanencia, verificando sus ventajas en el presente y haciendo un uso consciente de los recurso obtenidos para poder disfrutarlos al máximo.

No intentes doblar la cuchara. Eso es imposible. En vez de eso intenta entender la verdad. Si lo haces, verás que no es la cuchara la que se dobla. Sino tu mismo.

Matrix

CAUSA Y EFECTO

Existen leyes que rigen el flujo natural del universo. Todo lo que sucede es correspondiente a su causa, por lo que nosotros somos correspondiente y co-responsables de nuestra realidad. Al quebrantar alguna de estas leyes, se produce una consecuencia que generalmente la traducimos como un hecho negativo, porque va en contra de nuestra voluntad (o mejor dicho, la voluntad del ego). Sin embargo este hecho simplemente nos está dando un mensaje: una ley del universo ha sido quebrantada. Del mismo modo, cuando verificamos hechos que nutren nuestro ser, hemos respetado la ley del universo, somos correspondientes con ese resultado.

Entender esta ley nos hace percibir la realidad con humildad, dejando de creer que “todo me pasa a mi”. Al mismo tiempo, desarrollamos la libertad esencial del ser, asumiendo la responsabilidad de que somos co-creadores de nuestra realidad y “lo que me pasa” es simplemente una consecuencia de mi actuar previo.

Asimismo, lo que sucede en el mundo, en la escuela, en el trabajo, al vecino, a un amigo… es una consecuencia de una acción previa que, si está alineada con la voluntad del universo, tendrá un efecto virtuoso para el ser; y de no estarlo, tendrá un efecto pedagógico (usé la palabra “pedagógico” en lugar de “doloroso” o “adverso”, porque esa es la finalidad de esos hechos).

Venimos a este mundo a aprender a ser felices por nosotros mismos, y esas experiencias simplemente fungen como parte del proceso pedagógico para ir en esa dirección.

¿Entonces debo dejar de soñar y tener esperanzas, o de preocuparme por las cosas que suceden en mi entorno, en mi ciudad, en el mundo?

No. Puedo seguir teniendo proyectos, sueños y esperanzas de que las cosas sean o sucedan de una determinada manera, pero entendiendo que no forman parte de mi realidad, son solo eso: sueños, esperanzas o metas; y el resultado que se verifique es la consecuencia de la realidad que voy co-creando progresivamente. Como co-creadores debemos ser responsables y aceptar la realidad que co-creamos.

Con respecto a la preocupación por los hechos del entorno, el país o el mundo, la respuesta es: “depende de qué necesito”. ¿Necesito dedicarle un momento de mi vida a perturbarme un rato con los hechos de mi entorno que no puedo controlar?, ¡vale, a por ello!, con plena consciencia de que estoy perturbándome por mi propia voluntad y que eso no cambiará la realidad (puede ser una forma de drenar algunas emociones del ego), así que sigue siendo inútil para el caso en cuestión pero necesario para mi proceso.

Luego si no quiero esta perturbación, en lugar de PRE-OCUPARME, puedo OCUPARME de lo que está dentro de mi rango de acción: si creo que soy bueno escribiendo, alzo la voz a través de un artículo o un libro, si me interesan las artes plásticas o escénicas, la música, la ciencia o el deporte, verifico que acciones puedo emprender para ocuparme de la situación, sin PRE-OCUPARME por el resultado.

Y si no puedo hacer nada porque no está dentro de mi rango de acción, simplemente entiendo que es parte del proceso pedagógico.

Paradójicamente, al aceptar una situación, permite que esta se transforme. Alinearse con la voluntad de la vida a través de la aceptación, permite el flujo natural del universo, eliminando la resistencia del ego; y la felicidad, que es el estado esencial del ser, se manifiesta.

La felicidad entendida no como esa alegría y éxtasis por acontecimientos externos, sino como el bienestar (que no el bien-tener) que se manifiesta en el ser, imperturbabilidad, plenitud, conexión con el todo y serenidad para desenvolverme en el mundo.

Entiendo que todo esto es difícil para el ego. Quiero eliminar todas las situaciones que me parecen injustas, quiero ayudar a todos, ser bueno y justiciero, quiero cambiar al mundo y evitar las guerras pero no puedo resolver mi propia guerra interna. Todos esos deseos son del ego, que no soporta que la realidad sea distinta a como él quiere.

Estas líneas son escritas por un auténtico ex justiciero que no lograba ganar sus batallas internas, pero le encantaba luchar por las de otros, por la escuela, por el mundo. No aceptaba la realidad: me perturbaba por el presidente, la sociedad, el sistema, mi pareja, mi familia, los infortunios… y me vanagloriaba por los logros, títulos, reconocimientos, notas, victorias, etc., completamente tiranizado por el ego, queriendo modificar todo y a todos, pero jamás viéndome a mi mismo.

Pero todo eso fue necesario para aprender. He redireccionado mi enfoque hacia el interior, aceptando que el único proceso que puedo cambiar es el mío, y que lo de afuera es una proyección de lo de adentro. Aún me sigo perturbando por cosas del exterior pero inmediatamente me hago consciente de mi inconsciencia, por lo que sigo trabajando y aprendiendo en este proceso pedagógico llamado vida. Me di cuenta que puedo dejar de luchar y SER YO EL CAMBIO QUE QUIERO VER EN EL MUNDO.

-Conocí a verdaderos Alquimistas -continuó-. Se encerraban en el laboratorio, intentaban evolucionar como el oro y acababan descubriendo la Piedra Filosofal. Porque habían entendido que cuando una cosa evoluciona, evoluciona también todo lo que la rodea

Otros, finalmente, sólo buscaban oro. Éstos jamás descubrieron el secreto. Se olvidaron de que el plomo, el cobre y el hierro también tienen su Leyenda Personal para cumplir. Quien interfiere en la Leyenda Personal de los otros nunca descubrirá la suya

El Alquimista.

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