Deberíamos hacer planes?

Yo era una persona de planes. Me gustaba pensar en el futuro, las posibilidades, como podría actuar ante las situaciones e imaginar como las cosas podrían resultar.

No se puede predecir el futuro. La vida tirará bolas curvas e inevitablemente los planes fallarán.

Eso quiere decir que es mejor no hacer planes?

Después de la pandemia, un evento inimaginable para la mayoría de nosotros, que paralizó nuestras vidas y destruyó cualquier posible plan, dejé de hacer planes por completo.

Ya no hay planificación anual, ni trimestral, ni siquiera mensual. No tengo planes en lo absoluto. Mi vida se ha convertido en una cuestión del día a día, “cómo vaya viniendo, vamos viendo”.

La pregunta me está matando: No es eso lo que hace la gente pobre?

No tengo nada en contra de los pobres, pero no quiero ser pobre.

Esta sensación de pérdida, falta de dirección, tiene rondando en mi cabeza por meses. En mi búsqueda por darle solución al asunto de los planes me encontré con dos ideas interesantes.

Sistemas ≠ objetivos?

“No te elevas al nivel de tus objetivos, desciendes al nivel de tus sistemas”. James Clear

Planificar está bastante orientado hacia los objetivos. Para poder hacer planes tenemos que saber y decidir lo que queremos lograr.

Como el propio James expone recurrentemente en su libro: los objetivos no son píldoras mágicas que con solo desear lo que queremos, sucederán en la realidad. Hay que hacer cosas para que pasen y hay que ser cuidadosos diseñando esas actividades para que podamos hacerlas realmente.

Ese cuidadoso diseño es lo que llamamos sistemas. Pareciera que los sistemas son mecanismos que trabajan continuamente y los planes no. Hacer planes no solo requiere colocar un objetivo, también detallar lo más específicamente posible cómo se va a lograr ese objetivo.

En mi opinión se complementan: sin sistemas bien diseñados e implementados, los planes tienen menos posibilidades de resultar.

De dónde viene el enfrentamiento entonces? Creo que hay personas a las que no les gusta pensar en los objetivos. No les gusta pensar en lo que quieren y cómo podrían salir bien o mal las cosas por:

  • Mitomanía: si pienso en eso no va a pasar.
  • Miedo: mis planes no han funcionado en el pasado, no quiero sufrir el dolor de la decepción y el fracaso. Así que prefiero estar abierto a lo que sea sin parámetros.

Esa última idea se ve atractiva, pero también te quita una cantidad de poder y responsabilidad inmensos. Vale la pena el tradeoff?

Admito que un error que cometí en el pasado fue no detallar actividades diarias, mecanismos de emergencia (que hacer cuando algo sale mal) y consecuencias de segundo orden (qué puede pasar si pasa X).

Mis planes no tenían sistemas.

La planificación era pensar en etapas: quiero esto, así que primero voy a llegar a esta etapa, luego a esta otra y luego a esta otra. Sin detallar actividades, hábitos, posibles contratiempos, etc.

Planes y sistemas no están separados. Los sistemas deberían estar incluidos en nuestros planes para tener más chances de lograr lo que queremos. El plan es lo que queremos lograr, sus etapas y actividades. Esas actividades deben estar regidas por un sistema.

Los planes son útiles

A pesar que los planes no aseguran que vas a conseguir lo que sea que estás buscando y más son las veces que fracasan, son herramientas útiles para dos cosas:

Facilitan la toma de decisiones

Si sabes lo que quieres, tienes detalladas unas etapas que podrían suceder y una serie de actividades, es mucho más fácil hacer cosas que colaboren a que eso suceda y decir que no a las actividades que en realidad son una distracción.

Distraerse es un problema serio, aún más en la vida moderna con toda la tecnología a nuestro alcance.

Es un ejercicio mental difícil

Hacer un plan, sobre todo, escribir un plan con detalle es realmente difícil.

Tienes que pensar situaciones hipotéticas, examinarte a ti mismo, a tu equipo, los recursos que tienes o puedes tener disponibles, lo que puedes y no puedes hacer.

Si lo intentas y parece que no puedes, esa es precisamente la dificultad. Someterte a ese ejercicio va a permitirte evaluar realmente lo que quieres y puedes hacer.

La mayoría de la gente no tiene la fuerza mental y espiritual para hacerlo. Lleva tiempo, esfuerzo y es difícil.

Hacer planes requiere optimismo

Es común en el plano amoroso y relacional que las personas crean cosas como: “No deberías esperar nada de nadie”. Es entendible porque lo dicen: en algún momento creyeron y esperaron algo de una persona, y no salió bien o como esperaban.

Lo mismo sucede con los planes: las personas hacen planes, no salen como esperan y eso les causa dolor y sufrimiento. En nuestra inmadurez, pensamos que el problema es hacer planes en vez de nosotros que no fuimos capaces de hacer un buen plan, de ejecutarlo correctamente o no teníamos el conocimiento/recursos para que sucediera.

En vez de dejar de hacer planes, deberíamos usar nuestra experiencia como nueva fuente de información para lograr lo que queremos. Aprender de los errores no es dejar de hacer las cosas porque en el pasado fracasaron, es intentarlo de nuevo ajustando con el nuevo conocimiento adquirido.

“El pensamiento brillante es raro, pero el coraje es aún más escaso que el genio” Peter Thiel

Los perdedores no hacen planes. No los hacen porque se rinden. Prefieren no creer. El dolor de la decepción le gana a la fuerza de sus esperanzas de crear y mejorar. El miedo al fracaso y la incertidumbre es mayor que la valentía de sus ideales e ideas.

Hacer planes requiere creer, esperar y actuar para que las cosas sucedan. Eso es lo que hacen los optimistas. Cuando los planes fallan: se aprende, se ajusta y se vuelve a intentar.

Vivir es intentarlo una y otra vez, incluso bajo la amenaza del fracaso.

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